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MIS PADRES NO SUPIERON AMARME. ¿Y YO QUÉ HAGO AHORA?

Si, es muy triste llegar a una conclusión así. Cuando sientes o descubres que tus padres no supieron amarte o hacerlo de una forma más sana, es un dolor intenso y amargo, pero también liberador. Todo hijo desea ser querido por sus padres, es una inclinación natural y no tiene nada de malo, especialmente en las primeras etapas del ser humano. Y es importante señalar que cuando digo «padres» también me refiero a unos cariñosos cuidadores que realicen esta misma función.

 

Cada vez hay más estudios que corroboran la importancia del vínculo del bebé con sus cuidadores y como la calidad de ese vínculo influye en el desarrollo del futuro adulto que luego saldrá al mundo a relacionarse con el resto de las personas. 

 

¿Qué sucede cuando no hemos tenido el amor incondicional de los padres? Ninguna edad es buena para verte privado del amor de unos padres, pero si sucede en la infancia es un marcador muy duro. Verás, los niños dependen en primera instancia de sus padres o cuidadores para sus necesidades básicas (comer, vestirse, lavarse, cuidarse…), pero también se genera un vínculo emocional que es esencial para el saludable avance de la persona. De hecho, el amor y la aceptación de los progenitores son cruciales para el desarrollo de la autoestima. La forma en la que una madre, por ejemplo, muestra amor hacia su hijo, es un claro indicador de cómo el niño se mostrará en el futuro para crear vínculos afectivos, cómo comprenderá y expresará sus emociones e incluso a empatizar con los demás. Casi nada, ¿verdad?

 

Por lo tanto, el hijo aprende rápido qué hacer para que sus padres le acepten y le amen. Esto le lleva a tratar de adaptarse a lo que los padres desean y esperan de él. Ser una buena hija, un buen hermano, una buena nieta, un buen estudiante… y poco a poco estas exigencias crecen en número y escalan en magnitud. Ser el mejor de los hijos, la mejor estudiante de la clase, el mejor trabajador de la oficina, la mejor cantante del coro… los casos son, literalmente, infinitos. El niño intenta cubrir estas expectativas a costa de dejar de lado su propia manera de manifestarse o ser. La satisfacción de los padres se convierte en el centro de su vida.

 

Esto puede desarrollar una forma de relacionarse con el mundo, por ejemplo, querer complacerlos a todos o caer bien a todas las personas. Como si todos fueran tus padres y necesitaras su aprobación, lo que supone una vida de sacrificio, que no compensa en modo alguno y que supone una esclavitud llena de sufrimientos. Ya decía Baltasar Gracián, el célebre escritor español: «Metense a querer dar gusto a todos, que es imposible, y vienen a disgustar a todos, que es más fácil». Pero ese es otro tema para otro momento.

 

¿Y si mis padres no supieron, no pudieron o no quisieron darme todo su amor? Aquí hay que hacer un matiz con respecto a dar amor. Es muy probable que ellos te quisieran, lo único que no supieron hacerlo desde la aceptación incondicional y con un sistema de enseñanza que no ayudaban a desarrollar bien la autoestima. Por ello tus padres hicieron cuanto estuvo en su mano para hacer que te sintieras bien, que pudo ser una cuestión de torpeza, que nadie nace enseñado y, mucho menos, venimos al mundo con las habilidades de fábrica para ser buenos en asuntos tan delicados como ser padres.

 

De modo que lo que no supieron enseñarte en su día o te enseñaron a relacionarte de un modo dependiente en vez de independiente, es un trabajo que ahora tienes que desarrollar por ti misma/o. Si, lo siento, es así.

 

Vale, vale ¿Y esto como se hace?


Hay muchas formas, una de ellas es empezar por la relación que tienes hoy con tus padres. Si la relación está deteriorada, hay rencor, reproches por cómo fueron, toca hablar de perdón. En algún momento comenté que era liberador aceptar que tus padres hicieron lo que pudieron por muy triste y amargo que sea. Hay que dejar atrás los rencores y liberarte de lastres, no hacen más que consumir energía e impedir reconocer a los padres que tenemos ahora. Aceptar que lo que fue ya no se puede cambiar y lo único que sí puede cambiar es tu relación con ellos en este momento. No se trata de un final feliz a lo “Disney” sino que encuentres la mejor manera para poder estar con ellos sintiéndote bien. (Si, si se puede conseguir).

 

Después sería ver cómo es tu diálogo interior. Como te tratas y te cuidas. Darte cuenta de cómo haces para estar bien o mal y aumentar el buen trato hacia ti.

 

Hay algo que ayuda mucho a reconciliarse con uno mismo y es sanar el niño/a interior. El niño interior es una parte de nosotros que se refiere a la versión más joven que fuimos. Es hacerte cargo de ti mismo proporcionándote comprensión, aceptación, compasión y una aceptación incondicional del niño que fuiste



En definitiva, relacionarte mejor contigo mismo y dejar de culpar a tus padres por como lo hicieron. Te enfocas en tu bienestar y en mejorar como sobrellevar la relación con tus padres de un modo más asertivo.

 

¡Ojo! Se puede dar que, al aceptar a tus padres seas capaz de amarlos tal y como son… pero esto ya es cosa de cada uno.

 

Quizás solo con pensarlo y reflexionarlo no es suficiente para sanar esa relación o llevarte mejor contigo mismo o con ellos. Hay muchos factores de los que no se han hablado, pero puedes empezar por ahí. En los procesos terapéuticos es un aspecto clave a sanar y que se ayuda a realizar la transición.

 

De modo que…volviendo al principio:

 

 MIS PADRES NO SUPIERON AMARME. ¿Y YO QUÉ HAGO AHORA?

 

Amarte de un modo incondicional.

Ahora, tú lo haces por ti.

Sin exigencias a papá y a mamá.

 

 

 ¿Difícil? Estoy para ayudarte.

 

Un abrazo fuerte.

Rebeca Rogers.

 

 

                                          A mis queridos padres: “Gracias por todo lo que me pudisteis dar. Con amor me libero del rencor y la culpa y con mucho cariño me hago cargo de mi niña interior”.

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